Testimonio de Irene

El pasado 20 de Mayo, Irene Aguilar hizo su oblación perpetua como Misionera Oblata de María Inmaculada. Pasados unos días de esa importante fecha para su vida, comparte con nosotros lo que ha significado para ella este acto de entrega al Señor. También tenéis un pequeño vídeo que recoge algunos de los emotivos momentos de esa celebración. Gracias Irene por este testimonio con palabras y sobre todo por el testimonio de tu vida entregada a Dios y nos unimos a tu Acción de Gracias


HISTORIA DE GRACIA

«FIAT / MAGNIFICAT / STABAT»

«Proclama mi alma la grandeza del Señor». ¡Se ha hecho realidad un sueño jamás imaginado! ¿Podría haber pensado una criatura que su Creador la desposara haciéndose carne de su carne? «Este es el día en que actuó el Señor…ha sido un milagro patente». Increíble pero cierto: «Fiat (Hágase)». Ésta es la promesa de Dios para con el hombre, promesa de salvación y de íntima comunión. Esta promesa de amor eterno se ha cumplido y encarnado en mi debilidad, con mi pecado, gratuitamente, de forma inmerecida, por puro amor de Dios Padre, para que «todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros» (2 Cor 4, 7). Muchos fueron testigos del cumplimiento de esta promesa el pasado día 20 de mayo, en la celebración eucarística de mi oblación perpetua.

«Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador». Domingo de la Ascensión, día de fiesta grande en el que la Iglesia engalanada como una novia para su esposo transparentaba la belleza del más bello de los hombres. Jesucristo, inmolado y glorificado, me atraía haciéndome partícipe de su única oblación, queriendo establecer una Alianza nueva y eterna, sellada con el don del Amor, el Espíritu Santo, que brota del árbol de la Vida. «¡Aleluya, llegó la boda del Cordero, su esposa se ha embellecido, aleluya!» (Ap 19, 7). ¡Anticipo del cielo, vivido desde una paz y un gozo que solo puedo explicar como fruto y regalo del Espíritu Santo derramado en mí «porque ha mirado la humillación de su esclava»! Y esta gracia conmovió a toda la Iglesia allí reunida. Para mí fue sobrecogedor ver cómo el resplandor de la presencia del Señor en los signos sencillos y visibles toca el corazón, aún de los más apartados de Dios (confío en que sus frutos dará…). Los comentarios que han ido llegando a nuestros oídos eran de emoción, sobrecogimiento y belleza de la celebración, ¡¡una gran bendición para todos!!

«Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí«. Lo que brota de mi corazón en estos momentos de gracia es una gran ACCIÓN DE GRACIAS, en primer lugar a Dios, porque es el único que colma mi sed con su ternura y amor eterno. Haciendo memoria de mi historia, se ve cómo me ha llamado por mi nombre y atraído hacia Él pacientemente, «con lazos de ternura, con cuerdas de amor» (Os 11, 3) para que, unida a mis hermanas oblatas en comunidad apostólica, seamos portadoras del tesoro incomparable, de la única Vida y esperanza del mundo. Para hacerme descubrir tal excelsa vocación se ha servido de diferentes mediaciones, a las que quiero agradecer su entrega generosa, cercanía y testimonio.

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