"La batalla más grande se libra por dentro"

Ante el aluvión de publicidad de la tercera entrega de Spiderman, traemos aquí el comentario de uno de los críticos de cine de la Conferencia Episcopal sobre esta película.


Llega a nuestras pantallas la tercera entrega de Spider-man, el héroe de la Marvel, creado en 1962 por Stan Lee y Steve Ditko, y que hoy protagoniza una de las minisagas más rentables del cine americano. El director Sam Raimi ha vuelto a ponerse delante del proyecto para convertirlo en uno de los taquillazos del año. Tobey Maguire y Kirsten Dunst también repiten protagonismo encarnando a Peter Parker y a su novia Mary Jane

Los superhéroes -tanto los del cómic, primero, como los de la gran pantalla, después- siempre han tenido un cierto carácter metafórico. En ellos se han proyectado los miedos y los sueños de una sociedad en crisis. Superman, Batman, Spiderman… representaron en su origen a los salvadores de un mundo prebélico, o gravemente amenazado por la Guerra Fría. Actualmente, el 11-S ha marcado un antes y un después en el cine de redentores, ya que se ha puesto muy de manifiesto que el enemigo ya no es alguien muy localizado que está fuera, sino que está dentro, con nosotros. De hecho, este enemigo interno es el gran tema de Spiderman 3.
En esta última entrega de la trilogía del Hombre-Araña, el joven Peter Parker ha conseguido finalmente equilibrar la balanza entre su amor a Mary Jane y sus deberes como superhéroe. La aparente bonanza de su vida se rompe cuando su traje de Spiderman se tiñe de una sustancia oscura que hace nacer en nuestro personaje sentimientos oscuros, como el de venganza. Al vestir ese extraño traje negro, el protagonista saca lo peor de sí mismo: ya no le importa herir los sentimientos de su amada Mary, o lanzar una bomba a su mejor amigo cuando éste está desarmado. Como reza la publicidad de la película, la batalla más grande se libra por dentro. A este nuevo antagonista interior se añaden dos nuevos y terribles contrincantes, el Hombre de Arena y Venon. Spiderman no sólo deberá vencerlos, sino que tendrá que descubrir la importancia del perdón y la compasión. Nuestro héroe comprenderá que lo que hace grande a un héroe no es tanto la fuerza de sus super-poderes como las dimensiones y nobleza de su corazón.
En el fondo, esta tercera película no hace más que profundizar en lo que, poco antes de morir, el tío Ben le dijo a Peter en la primera entrega: «Un gran poder conlleva una gran responsabilidad». Pero Spiderman, a diferencia de otros superhéroes, nunca deja de ser el joven y tímido Parker cuando se viste su traje característico. El otro gran héroe del comic, Superman, por ejemplo, es un extraterrestre que toma apariencia humana. Pero Spiderman es siempre el adolescente que conocimos en la primera entrega. En Spiderman 2, por ejemplo, el protagonista se veía acosado por todo tipo de problemas cotidianos, como llegar tarde a clase, ser despedido del trabajo o no poder pagar el alquiler del piso. Su heroísmo es familiar, reconocible por el espectador, fácil de identificar.
Cabe preguntarse si este tipo de películas son hoy algo más que un mero entretenimiento o una simple historia de aventuras. La respuesta tiene que ver con la capacidad de los adolescentes -destinatarios naturales de estas producciones- de identificarse con los ideales que representan los héroes de las películas. En la medida en que ese proceso de identificación se dé, los espectadores sacarán en claro de Spiderman 3 que la venganza deshumaniza y que el perdón engrandece. Ciertamente, la forma en que esta película aborda estas cuestiones es tremendamente esquemática, como no podía ser de otra manera en estas versiones de un cómic. Se agradece, sin embargo, que frente a otras adaptaciones populares tipo V de Vendetta o 300, que ventilan contravalores sin disimulo, Spiderman 3 al menos proponga modelos que no contradicen una antropología cristiana. Y no es poco.

Juan Orellana

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